domingo, 21 de septiembre de 2008

siete y contando

Eso es lo que queda de tiempo para que me vaya.
Miro ese momento con una pizca de aprensión y emoción. Esta vez no es un mes de vacaciones, sino más de un año de trabajo. ¿Cuántas cosas cambiarán durante ese año?
Quizá lo que debiera preguntarme es ¿cuántas cosas no lo harán?
Día a día se acerca la fecha del vuelo y van quedando cada vez menos cosas que hacer, ya sólo detalles. Planchar las camisas, arreglar el reloj (que hace al menos un año que tiene la correa rota), preparar el equipaje... Detalles.
Todo está encarrilado, tanto, que echar un vistazo hacia atrás, alrededor, es casi difícil. No puedo decir que me afecte el saber que en los próximos quince meses no voy a ver los edificios entre los que he crecido, ni las calles de esta ciudad. Es la gente, no "la" gente, sino "mi" gente lo único que tira de mí.
A pesar de estas palabras, sé que voy a irme. Es la decisión que tomé, y no creo que sea la peor elección. Algo ganas, algo pierdes. Aunque por algún motivo, parece que se le da menos valor a lo ganado que a lo perdido. Quizá porque no nos damos cuenta, una vez conseguido, del valor que tiene para nosotros lo que hemos alcanzado, cuando lo alcanzamos.
Quizá.
¿Cuántas veces he sentido esta sensación? Es como subir una montaña con frío. Mientras te mantengas en movimiento no lo notas, estás bien. Cuando te paras, es cuando empiezas a pensar qué haces ahí arriba. La vida a veces es igual. Te concentras en el trabajo, los amigos, hobbies... y todo va bien. Es cuando llega la noche y te acuestas a dormir, mientras esperas a que el cuerpo se duerma, es en esos minutos cuando a todos nos visitan nuestros demonios, a susurrarnos todos los "¿Y si...?" que hemos ignorado mientras nos movíamos.
A veces se oyen historias de soldados que se sienten enloquecer cuando pasan demasiado tiempo continuo de guardia. Sólo, sin nada más que hacer que pensar y esperar. Cuando los ojos se vuelven hacia el interior y puedes mirar por el agujero oscuro que hay allí, lleno con todo lo que no dices, lo que ni siquiera quieres pensar... es hipnótico, como dicen que son los abismos, que invitan a lanzarse por ellos.
A veces pienso que todas las "fuerzas cósmicas" que tratamos de localizar en el exterior - el bien, el mal, el olvido, el terror - están sólo en nuestros propios corazones. Quizá por eso la gente quiera amar. Para ser amados. Para compartir ese abismo y tener a alguien que le coja la mano antes de caer por él.
Quizá la frustración de no encontrar a alguien que esté ahí en ese momento es lo que hace que la gente deje de querer amar, y prefiera hundirse lentamente, como en un sueño...
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