miércoles, 12 de noviembre de 2008

El valor de las ilusiones

A veces he tenido la impresión de que las ilusiones sólo valen para sentir que pierdes algo que ni siquiera tenías. ¿Cuántas veces sentimos ilusión por algo y cuántas veces se cumple esa ilusión? ¿Cuántas veces tenemos que fallar antes de acertar?

Y a pesar de todo, la vida sin ilusiones carece de sentido. Sin una ilusión, cualquier lugar parece bueno, cualquiera parece tener lo mismo que ofrecer: la posibilidad de cambio.
Y parece que el lugar es lo que tiene asociada esa posibilidad de cambio, aunque en realidad lo que nos falta no sea algo que esté en la tierra, sino algo que crece en nosotros mismos, algo que nos hace proyectarnos hacia el exterior.
El deseo de trascendencia creo que es más común de lo que puede parecer. Si no me equivoco, era Unamuno quien dijo “Si no hay vida tras la muerte, entonces ningún esfuerzo tiene sentido” El deseo de que las propias acciones tengan un resultado en los demás, cambiar el mundo, cambiar a la gente... quizá es más necesario para las personas de lo que parece. Quizá ahora que los periódicos y los telediarios están llenos de jóvenes que conducen bebidos y se matan, de chavales que mueren a navajazos por discusión y alcohol en una discoteca, de estadísticas sobre consumo de alcohol y drogas... Tantos jóvenes que parece que no tienen más ilusión que salir, beber y distraer sus horas, parece que no tienen ese deseo de expansión.

[En cuanto a las estadísticas de alcohol y drogas, hace poco salió que la edad media de inicio al alcohol eran los 17, aunque mucho me parece, y a la cocaína los 21. Y que aunque ya no se bebe tanto alcohol, en comparación con el resto de Europa, España sigue siendo de los países en los que más coca se consume]

¿Y si no fuera así?
Hace poco releí Siddharta, de Herman Hesse. En uno de los capítulos, cerca del principio, Siddharta, un príncipe entre los brahmanes, se va con unos anacoretas que ayunan y mortifican el cuerpo, acompañado de su amigo Govinda. Pues bien, tras estar un tiempo con ellos y aprender sus modos, habla con Govinda y le dice:
- Lo que hemos aprendido aquí, podríamos haberlo aprendido antes en las tabernas, rodeados de arrieros y prostitutas -
Govinda lo niega, obviamente los modos de los anacoretas y de los arrieros son distintos, pero Siddharta quiere centrarse en el objetivo: el olvidarse de uno mismo. Según él, el objetivo es el mismo para ambos, olvidar el propio cuerpo, las propias preocupaciones.

Quizá sea ingenuo por mi parte y no haya nada, ni siquiera subconscientemente, que impulse ese comportamiento de salir y beber cada fin de semana (es decir, cada vez que pueden pasar el día siguiente de resaca en lugar de trabajando), pero a veces pienso que es precisamente la carencia de esperanza en esa trascendencia lo que impulsa a las personas a comportarse así.
Por supuesto, todos conocemos a los bebedores sociales, sales por ahí y te tomas una cerveza con los amigos, o varias. Quizá incluso vuelvas borracho a casa. Pero el objetivo es estar con unos amigos. No es pillarse una curda, no es “beber acompañado, que beber a solas es de alcóholicos”
¿Habéis sentido alguna vez que necesitáis encontrar el interruptor para apagar vuestro cerebro? ¿O vuestro corazón? Sólo por unas horas, descansar un poco y encenderlo de nuevo más tarde.

La desilusión puede ser horrible. Cuando parece que sólo la inercia te sigue llevando hacia delante. Cuando lo que te mantiene caminando es decirte “ya llegara de nuevo, ya habrá algo que me ilusione otra vez” a pesar de que no te lo creas mucho.

Este no es un post de desánimo, sino una reflexión para que valoremos nuestras ilusiones, y las de los demás, aunque no las compartamos, como se merecen.
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