martes, 23 de febrero de 2016

La escuela de baile

Hacía frío, o más bien entraba de la calle. El baño del vecino de arriba perdía agua y se había filtrado tanto tiempo que el moho ya había tomado un color entre negro y verde.  El dueño del piso era quien tenía que hacer las reparaciones pero, como tantas veces ocurría, hacía oídos sordos a lo que no fuera cobrar la renta, así que todo se había alargado meses más de la cuenta, y los afectados por la gotera mantenían la puerta de la calle abierta todo el tiempo que podían con la intención, o quizá sólo la esperanza, de contribuir a secar la humedad o al menos reducir el olor de yeso mojado.

Era una pena, porque no hacía tanto tiempo que las salas habían sido arregladas y adecentadas en la medida en que el dinero lo había permitido, pero con los edificios del centro es siempre lo mismo: construcciones viejas con más años que cuidados, pero situadas en el mismo sitio que tantas y tantas personas que un negocio tenía fácilmente más futuro allí por la afluencia de público que en otro lugar donde las instalaciones pudieran ser mejores y costara menos mantenerlas.

La pintura y los nuevos espejos de las salas habían mejorado el aspecto, y apartar al antiguo dueño y, sobre todo, su continuo fumar, habían cambiado por completo la sensación inicial al ver la recepción, transformando el lugar cerrado y claustrofóbico que parecía antes en una sala abierta donde podía esperarse cómodamente a que empezara la clase de uno.

Algunas clases, como la de claqué, hacían pensar que una cierta insonorización podría evitar interferencias entre las actividades de las distintas salas, pero las clases de flamenco ponían por delante reforzar el suelo, sobre todo al escuchar a los alumnos que daban clase debajo y comentaban entre risas cómo se sacudían las lámparas y el propio techo.

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