miércoles, 16 de diciembre de 2015

Spoiler warning, Make your own luck

Haldron suspiró, cansado. Los ritos funerarios élficos son tal como puede esperarse de una especie que tiene todo el tiempo del mundo para rituales y para quienes la muerte siempre es una tragedia debida a violencia de algún tipo, accidentes o, raramente, una enfermedad mágica.
Por suerte, no cambia la parte esencial, la que impide que el Rey Liche levante a sus muertos para que luchen contra quienes les lloran.

En todo caso, los largos rituales resultan agotadores para un humano como Haldron. Al menos le queda el consuelo de saber que, si los asediantes consiguen pasar las puertas, la atención que ha puesto en respetar sus costumbres puede haberles perdonar que sea un nigromante.

La ciudad de Leafall, donde Jaria había tenido su problema con los gólems de Iñigo Sharpe, había resistido un asedio troll durante las últimas semanas. Varios de los ciudadanos pensaban que el motivo del ataque era tomar o destruir uno de los artefactos del archimago, localizado allí. Algunos decían que era uno de sus dispositivos para controlar las lluvias y las tormentas, otros, que era un detector de monstruos que vivían en la oscuridad entre las estrellas. En cualquier caso, su destrucción no supondría nada bueno.

Los trolls que asediaban la ciudad consiguieron abrir un hueco y los personajes tuvieron que encabezar la lucha. El que encabezaba el ataque tenía pintada una calavera en el rostro, como si ya estuviera muerto. Quizá en ese momento fueran sólo las expectativas de los jugadores las que les hicieran pensar que el Rey Liche estaba involucrado, pero cuando, tras un golpe mortal de necesidad, la carne del troll se convirtió en ceniza mientras su esqueleto seguía luchando, quedó confirmado.

El combate fue aprovechado por un grupo de trasgos para colarse, y los personajes les persiguieron por las callejuelas, subiendo hacia la ladera donde se situaban las casas de los más ricos. Por supuesto, les mataron sin dificultad.

Por la mañana, un soldado fue a ver a Eiseman, que estaba liderando las fuerzas de los defensores, para decirle que habían encontrado un mensaje entre las pertenencias de uno de los trasgos. El mensaje pedía a alguien llamado Jareh que siguiera con el plan. 

Empujados por los trolls atacantes, muchos refugiados habían buscado y encontrado refugio en la ciudad, así que hicieron que la guardia buscara entre ellos a alguien llamado Jareh, y sólo algunas horas después volvieron para decirles que le habían encontrado en la zona alta y que había tomado como rehén al hijo de la familia que le había acogido.

Los personajes entraron en el sótano donde se habían alojado los pasados días: Jareh, la mujer, esperaba junto al pozo con su daga en el cuello del muchacho, y un hombre armado esperaba a su lado, preparado para defenderla.

"¿Crees que me importa la vida del chico?" preguntó Eiseman. Jareh sonrió y degolló al muchacho. "¿Y ahora?" preguntó, mientras empujaba, con la daga ensangrentada, unos guijarros al pozo. No habían llegado a caer cuando el guardaespaldas de la asesina se puso en el camino de uno de los personajes, que se lanzaba al combate. Éste no fue fácil, pero no hubo daños graves entre los compañeros. Y si alguno de ellos esperaba oír arrepentimiento en la voz de Eiseman cuando dio a la familia la noticia de la muerte del chico, quedó decepcionado.

No hubo mucho tiempo para la decepción, sin embargo, pues un temblor de tierra silenció a todos. El temblor se repitió una y otra vez, cada vez con más fuerza y con menos tiempo entre ellos, y de pronto la casa donde Jareh se había refugiado se hundió en la tierra.
Como si se abriera el mundo bajo la ciudad, casas enteras caían por las grietas que se abrían en el suelo, partes de la muralla cayeron sobre atacantes y defensores, permitiendo que los trolls entraran, indiferentes al peligro del terremoto, sólo la matanza en sus mentes.

Eiseman acudió de inmediato a la zona más peligrosa y empezó a combatir, arengando a gritos a los hombres cuyo valor flaqueaba. Los demás personajes llegaron después y ayudaron en la lucha como pudieron, hasta que sólo quedó el jefe de los atacantes, un troll infame conocido como Médulaliento. La lucha se prolongó lo suficiente como para que se abrieran enormes grietas que se tragaron a muchos combatientes e incluso casas enteras. Finalmente, consiguieron eliminar a Médulaliento y escapar antes de que la ciudad entera se hundiera. Cuando el polvo se asentó, sólo quedaba un cráter de Leafall.

Cientos de vidas se habían perdido. ¿Cuántas más se cobraría la destrucción del artefacto del Archimago?
Publicar un comentario